La lámpara de arriba #NuestrosMayores

No hacía falta mirar a las estrellas para sentirse cerca de alguna. No hacía falta viajar tan lejos para descubrir nuevas emociones. No hacía falta. Tan solo he tenido que hablar durante estos dos meses con vosotros, mis abuelos, para admiraros aún más, a pesar de ver solamente la dichosa lámpara de arriba. Son las siete y media de la tarde y me pregunto qué significa esta tormenta para vosotros.

Vosotros, que aprendisteis a bailar bajo la lluvia en un pueblo remoto de España, origen de ninguna historia conocida salvo la vuestra, que sois luz y vida.

Recuerdo que, en el patio de casa, teníais tres cubos con vuestros nombres. El tercero no tenía nada escrito, estaba vacío de desafíos. ¡Cuántos vanos intentos! ¿Y ahora? Se han inundado los otros dos cubos y no cabe más agua; yo miro todas las amapolas que han nacido alrededor y sonrío.

Después, os pregunto si sabéis quién soy. Con palabras tímidas y pausadas, pero con palabras sinceras, me llamáis por mi nombre y apellidos y dejo de pensar en los cubos y en las amapolas. Me preguntáis qué me trae aquí de repente, que quedan diez minutos para las ocho y yo os pregunto que qué os corre tanta prisa…  Como dos agujas de un reloj con 89 años de vida, seguís moviendo al mundo con vuestro ejemplo y salís a aplaudir al balcón.

Cuelgo y me miro al espejo: no hacía falta esta tormenta para ver mis ojos brillar.

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